IMÁGENES
DE LA REGIÓN CHIHUAHUENSE
La fortaleza de Presidio, Texas

Profr.
y Lic. Arturo Castellanos Lira
Atrás quedaron las ruinas y las cruces clavadas
en la tierra. Seguimos viendo a los abnegados misioneros
a los valientes indios, cabalgando por los cerros despoblados
de yerbas y animales y a veces bajando la loma a caballo.
Una recta atraviesa el río, antes tuvo agua,
pasarán los meses, los años, para poder
encontrar peces dorados por el sol. Los turistas toman
fotografías de las descomunales piedras y los
pájaros vuelan sedientos sobre las cañadas.
Al terminar una curva en ascenso, una pipa cargada de
gasolina, se retuerce y arde con viveza. A lo lejos,
se oyen los dolorosos quejidos de un moribundo, que
pelea con furia y con valor. Su sangre roja como la
nuestra, no hizo retoñar la yerba y la gasolina
sigue ardiendo, iluminando los rostros asustados de
los texanos.
Fue grande la impresión de esta desesperada muerte
y los vecinos la recuerdan con estremecimiento en el
cuerpo.
Un hombre en medio de la lumbre, corre y cae, se levanta
y cae, cae y rueda, y la lumbre lo sigue, lo persigue,
lo tumba, lo azota. Da vueltas en la arena suelta y
los grillos se espantan y saltan sobre la lumbre que
extermina todo.
Aquel dolor y muerte tan deprimente, eran motivos de
juego para las mariposas. También los animales
se divierten y mueren sonrientes, cuando se han vengado
de las maldades humanas.
El hombre gritaba y su angustia creció y creció
tanto, que su dolor se hizo eco y atravesó el
desierto, atravesó los pedregales de las sierras
de Texas y el viento con sangre fresca se quedó
para siempre después del Río Bravo.
Aquel cuerpo calcinado rodó furiosamente y la
tierra mexicana lo atrajo hacia sus entrañas
entristecidas.
No volvió a quejarse el quemado, prefiriendo
descansar en “El Último Refugio”:
bello nombre que tiene el camposanto de Ojinaga.
Una liebre salta sobre nosotros y el automóvil
se culebrea con timidez. Nada ha pasado y la liebre
sigue su innecesaria carrera en medio de la gobernadora
que enverdece el campo.
Una tienda, oasis del desierto texano, se levanta más
lejos. Aquí hasta las cervezas vienen en botes
de lata y encasilladas en cajas de cartón, decoradas
con vistosos colores. La mayoría de los alimentos
son enlatados.
Es un mundo práctico, es de los norteamericanos,
que poco a poco se trasladan en sus costumbres a México.
La campana de la vieja iglesia de Redford, insistentemente
llama a misa, su tañer huele a muerto, dobla
con dolor y sin voluntad, llora en lugar de alegrarnos.
La campana suena con mayor fuerza y más triste
se escucha de cerca. De la puerta de la iglesia, está
partiendo el sepelio. Los asistentes lloran y se resignan
a caminar con lentitud, musitando su dolor, llevan sobre
sus hombros un pesado ataúd con el muerto. El
pueblo está negro y lloroso, ha muerto el patriarca
y las tiendas cerraron sus puertas y acompañan
al fundador de Redford.
Como nosotros no somos familiares del venerable anciano,
continuamos nuestra marcha. Cruzamos un arroyuelo, casi
un río y llegamos a las chalupas que hacen la
travesía del Bravo hacia tierras mexicanas.
Una tabla de madera clavada en un palo cilíndrico
y rústico, con letras rojas, nos advierte salomónicamente
que es necesario consultar el bolsillo, ya que nuestro
chalupero de Salitre, no fía a nadie.
Aquel letrero tan cortante y explícito nos llena
de asombro y cumplimos la disyuntiva. Es necesario acatar
la voluntad del amo y señor de Salitre.
Una choza insignificante, de zacate y caña y
piso de tierra, así como las que existen en nuestro
medio campesino, protege del frío y del viento
a los cumplidos celadores de la aduana de Ojinaga. Estos
se espantan de nosotros, de nuestra sospechosa visita
y nos acoplamos a un agradable interrogatorio.
La vigilancia aduanal establecida en este ignorado punto
del río, es indispensable. Para el criterio aduanal
todo es contrabando, robo al fisco. Hay que vigilar
a los mexicanos pobres y a los humildes norteamericanos,
para que no crucen el río con mercancías,
ropa u objetos de lujo.
Estos empleados federales, no duermen durante la quincena
del mes y sus pies están ensalitrados. A la orilla
del Bravo están dejando la existencia y el lenguaje,
sus ropas se han podrido de humedad y arena, también
se olvidan del medio geográfico que los consume.
En México todo es sencillez en el nombre de las
cosas y los pueblos. Seguramente somos demasiado simples,
directos y apegados a la verdad de los acontecimientos.
Al pueblo de Redford, los mexicanos lo seguimos denominando
El Polvo. Así a secas. Ya que en realidad existe
mucho polvo.
¡Es más texano llamar Redford a El Polvo!
Continuará en la próxima edición.