Viernes 13 de Abril de 2007

 
SEMANARIO INDEPENDIENTE DE INFORMACION Y CRITICA
Fundado el 29 de Agosto de 1959 Por: Roberto Leyva Aguilar
 
   
 
"No nos diga que está mal dígamos cúal es la mejor manera de hacerlo"
   
 
No.1052
 
 

Dos menores y un adulto; golpeados por Ejército

Mas quejas en contra del Ejercito Mexicano

Latente peligro con las fincas abandonadas

FECHAC Ojinaga presenta su informe de actividades 2006

A pesar de algunos prietitos en el arroz, las vacaciones de Semana Santa resultan blancas

Comentarios en Saeta

DON VENUSTIANO CARRANZA 

Notas varias

Nueva Crónica de un
País bárbaro

IMÁGENES DE LA REGIÓN CHIHUAHUENSE

BALONAZO

¿SERA VERDAD?

 

 

 

 

 

 

IMÁGENES DE LA REGIÓN CHIHUAHUENSE

La fortaleza de Presidio, Texas


Profr. y Lic. Arturo Castellanos Lira

Atrás quedaron las ruinas y las cruces clavadas en la tierra. Seguimos viendo a los abnegados misioneros a los valientes indios, cabalgando por los cerros despoblados de yerbas y animales y a veces bajando la loma a caballo.
Una recta atraviesa el río, antes tuvo agua, pasarán los meses, los años, para poder encontrar peces dorados por el sol. Los turistas toman fotografías de las descomunales piedras y los pájaros vuelan sedientos sobre las cañadas.
Al terminar una curva en ascenso, una pipa cargada de gasolina, se retuerce y arde con viveza. A lo lejos, se oyen los dolorosos quejidos de un moribundo, que
pelea con furia y con valor. Su sangre roja como la nuestra, no hizo retoñar la yerba y la gasolina sigue ardiendo, iluminando los rostros asustados de los texanos.
Fue grande la impresión de esta desesperada muerte y los vecinos la recuerdan con estremecimiento en el cuerpo.
Un hombre en medio de la lumbre, corre y cae, se levanta y cae, cae y rueda, y la lumbre lo sigue, lo persigue, lo tumba, lo azota. Da vueltas en la arena suelta y los grillos se espantan y saltan sobre la lumbre que extermina todo.
Aquel dolor y muerte tan deprimente, eran motivos de juego para las mariposas. También los animales se divierten y mueren sonrientes, cuando se han vengado de las maldades humanas.
El hombre gritaba y su angustia creció y creció tanto, que su dolor se hizo eco y atravesó el desierto, atravesó los pedregales de las sierras de Texas y el viento con sangre fresca se quedó para siempre después del Río Bravo.
Aquel cuerpo calcinado rodó furiosamente y la tierra mexicana lo atrajo hacia sus entrañas entristecidas.
No volvió a quejarse el quemado, prefiriendo descansar en “El Último Refugio”: bello nombre que tiene el camposanto de Ojinaga.
Una liebre salta sobre nosotros y el automóvil se culebrea con timidez. Nada ha pasado y la liebre sigue su innecesaria carrera en medio de la gobernadora que enverdece el campo.
Una tienda, oasis del desierto texano, se levanta más lejos. Aquí hasta las cervezas vienen en botes de lata y encasilladas en cajas de cartón, decoradas con vistosos colores. La mayoría de los alimentos son enlatados.
Es un mundo práctico, es de los norteamericanos, que poco a poco se trasladan en sus costumbres a México.
La campana de la vieja iglesia de Redford, insistentemente llama a misa, su tañer huele a muerto, dobla con dolor y sin voluntad, llora en lugar de alegrarnos. La campana suena con mayor fuerza y más triste se escucha de cerca. De la puerta de la iglesia, está partiendo el sepelio. Los asistentes lloran y se resignan a caminar con lentitud, musitando su dolor, llevan sobre sus hombros un pesado ataúd con el muerto. El pueblo está negro y lloroso, ha muerto el patriarca y las tiendas cerraron sus puertas y acompañan al fundador de Redford.
Como nosotros no somos familiares del venerable anciano, continuamos nuestra marcha. Cruzamos un arroyuelo, casi un río y llegamos a las chalupas que hacen la travesía del Bravo hacia tierras mexicanas.
Una tabla de madera clavada en un palo cilíndrico y rústico, con letras rojas, nos advierte salomónicamente que es necesario consultar el bolsillo, ya que nuestro chalupero de Salitre, no fía a nadie.
Aquel letrero tan cortante y explícito nos llena de asombro y cumplimos la disyuntiva. Es necesario acatar la voluntad del amo y señor de Salitre.
Una choza insignificante, de zacate y caña y piso de tierra, así como las que existen en nuestro medio campesino, protege del frío y del viento a los cumplidos celadores de la aduana de Ojinaga. Estos se espantan de nosotros, de nuestra sospechosa visita y nos acoplamos a un agradable interrogatorio.
La vigilancia aduanal establecida en este ignorado punto del río, es indispensable. Para el criterio aduanal todo es contrabando, robo al fisco. Hay que vigilar a los mexicanos pobres y a los humildes norteamericanos, para que no crucen el río con mercancías, ropa u objetos de lujo.
Estos empleados federales, no duermen durante la quincena del mes y sus pies están ensalitrados. A la orilla del Bravo están dejando la existencia y el lenguaje, sus ropas se han podrido de humedad y arena, también se olvidan del medio geográfico que los consume.
En México todo es sencillez en el nombre de las cosas y los pueblos. Seguramente somos demasiado simples, directos y apegados a la verdad de los acontecimientos.
Al pueblo de Redford, los mexicanos lo seguimos denominando El Polvo. Así a secas. Ya que en realidad existe mucho polvo.
¡Es más texano llamar Redford a El Polvo!
Continuará en la próxima edición.

 

2004 (c)